Todo fué sólo por tamales
Brincando sobre montañas de madera, esquivando puntas agudas sobresalientes entre los escombros, jugarretas de espaditas, manos llenas de astillas, rodillas rojas, uno que otro palazo en la cabeza, eso era lo que obteníamos, eso era nuestra diversión, nunca vimos a dios en ello, nunca vimos la “obra de dios” entre nuestros juegos infantiles, sólo éramos niños.
Esa escena se repetía todos los sábados, cuando mi madre nos mandaba a mi hermano y a mí a recoger madera para hacer fuego y cocer los tamales para “la obra de dios”. Éramos enviados a tal empresa con un carrito de compras del mercado rodante, artefacto de 2 ruedas y de forma rectangular en el cual el proletariado lo llena de consumibles baratos comprados por bajo costo y baja calidad. Obviamente no íbamos solos, era una de esas pocas salidas que teníamos con libertad, en las cuales podíamos hacer lo que quisiéramos por que no teníamos el ojo asesino de algún adulto. Invitábamos regularmente a “Ramirín” y a su hermano tartamudo “Alejo” ( jejeje, excelente nombre para agregarle millones de insultos ¿verdad?), ellos eran (repito eran) nuestros mejores amigos, vecinos igual de jodidos que nosotros a los cuales no teníamos que presumir nada y mucho menos aparentar cosas, disfrutábamos de lo lindo usando mascaras de luchadores con nuestra ropa interior en la cabeza, nasty lo sé pero divertido.
Hacíamos nuestra guerra de las galaxias en aquellas ruinas de una maderería abandonada, seleccionábamos los mejores palitos para hacer fuego, los que tenían aceitito estaban mejor decía la extinta hermana Matilde, llenos de astillas en las manos las cuales pasábamos horas quitándolas los unos a los otros, ya que todo tiene un costo, siempre lo supimos. Uno que otro alacrán nos pegaba un buen susto pero nunca paso de eso.
De regreso a casa, nos topábamos con la escena que se repetía todos los sábados en todas las iglesias cristianas del norte de México. Una mesa redonda de hermanas la mayoría gordas al rededor de una gran masa de maíz, con algunas tinas con carne de puerco, frijoles y queso, algunas embarrando la masa en hojas de elote, otras preparando la leña, otras tirando hueva pero ninguna dejaba de chismear, eso sí, los chismes de las iglesias se expandían en las juntas de tamales. Claro que ahí se acababa nuestra diversión porque teníamos que hacerla de los pequeños hombres y ayudar a las hermanas a levantar cosas, a lavar vasijas, y a ensuciarnos con el tizne para que ellas pudieran cocer los tamales y tenerlos listos para vender antes de medio día. Como todo niño no entendía la por que cada sábado tenía que están confinado a la esclavitud de los tamales y para joder mas el domingo asistir tempranito a la iglesia, chingao!. Pero como niño cristiano obediente sólo me quedaba orar.
La traducción de “hacer tamales” viene de los años 30, cuando para sacar dinero para construir iglesias dignas (jo!), todos los miembros de la iglesia debían de sacar dinero por todos los medios (excepto el pastor gandaya), los hombres separaban cierta parte de su sueldo para un “diezmo de pro-construcción” (tecnicismos pa’ impresionar) y las mujeres no les quedaba de otra que hacer negocio de la cocina, y así nació la venta de los tamales. Siempre se llegaba a la meta y se hacía la iglesia, y se inauguraba con bombo y platillo, pero nunca se dejaba de hacer tamales, ya que se podría ocupar algo para la iglesia y las hermanas tenían la necesidad de sentirse útiles ante una iglesia machista donde ellas y los gatos valen lo mismo.
Al terminar el proceso de elaboración y chismorreo, las hermanas se repartían las “docenas de tamales” para irlas a vender. Claro que los niños éramos la puerta de enlace entre la venta casa por casa y la gente infiel que las compraba. O sea, técnicamente la iglesia se construyó de dinero de infieles, pecadores, hijos del diablo; que ironía.
Todo este esfuerzo sabatino titánico y aburrido era compensado al ver cada ladrillo que se ponía a la iglesia, puesto por los hombres y jóvenes de la misma, se tenía que reducir los costos al máximo. Claro si había un arquitecto entre la horda de chamacos estudiosos de “la mal llamada ciencia” era algo de lujo, ahorro total. Aunque el pastor se llevaba todo el crédito y hasta competencias de quien construyó mas iglesias eran un record entre la clase social sacerdotal.
Cada tamal que hacían las acercaba más al paraíso, según las prédicas de los pastores del miedo. Y tenían razón. Mi madre acumuló una hernia que casi la mata después de 15 años haciendo tamales ya que cargaba las grandes ollas para subirlas a la estufa, la hermana Matilde se quedo sin vista por el humo (dijo ella), muchas hermanas terminaban con varices, lesiones de espalda, hernias y un sin fin de enfermedades. Ni yo me salvé, me corte la pierna con unas botellas y tuvieron que hacerme 8 puntos (oportunidad para llorar como niña).
Desgraciadamente sus grandes esfuerzos quedaban en la nada. Espiritualmente las mujeres nunca serían más que hacedoras de tamales, nunca se les daría oportunidad de ser las María Magdalenas de los evangelios apócrifos, nunca tendrían la oportunidad de ser pastoras, evangelistas ni dirigentes. Y materialmente menos. La iglesia terminada e inaugurada terminaba a ser parte de las arcas de la asociación religiosa. O sea, la propiedad que 100-500 hermanos compraron con cada gota de sudor de sus ignorantes cabezas pasa a ser parte de la iglesia, solo ella podría venderla, rentarla, etc. Las escrituras al nombre de “Iglesia Apostólica de Cristo Jesús, con el nombre del pastor correspondiente” son una más de las injusticias de la religión la cual profesa que lo material no sirve para ser enviado al cielo.
Y como me paso a mí, un día el pastor en turno (ya que los rolan de iglesia cada 4-5 años) le caes mal por “x” o “y” razón y te hace la vida imposible dentro de la iglesia y no te queda de otra más que irte ó descaradamente te corre. También le paso lo mismo a mi familia por razones distintas a la mía.
¿Dónde quedó la hernia de mi madre? ¿Dónde quedaron mis sábados de niñez perdidos? ¿Dónde quedó el sueldo de mi padre dado a pro-construcción? ¿Dónde quedó el patrimonio formado por fe de todas esas hermanas, jóvenes y señores?, se lo quedó la iglesia y un pastor, se quedó con la gloria, con el dinero, con la propiedad, con nuestra dignidad, con nuestro esfuerzo, nos quitó todo y nos corrió de nuestra iglesia que construimos por más de 15 años.
El cristiano cuenta con un recurso para estas injusticias, se lo deja a dios. Y como dios no existe, el castigo para estas personas no existe tampoco. Viven hasta su muerte en la impunidad, en la riqueza, en la gloria.
Yo sin en cambio miro mi cicatriz de mi pierna y me entristezco y pienso “¿Todo fue sólo por tamales?”.
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- Publicado:
- 05.01.07 / 3pm
- Categoría:
- Religión
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