Todo fué sólo por tamales
Brincando sobre montañas de madera, esquivando puntas agudas sobresalientes entre los escombros, jugarretas de espaditas, manos llenas de astillas, rodillas rojas, uno que otro palazo en la cabeza, eso era lo que obteníamos, eso era nuestra diversión, nunca vimos a dios en ello, nunca vimos la “obra de dios” entre nuestros juegos infantiles, sólo éramos niños.
Esa escena se repetía todos los sábados, cuando mi madre nos mandaba a mi hermano y a mí a recoger madera para hacer fuego y cocer los tamales para “la obra de dios”. Éramos enviados a tal empresa con un carrito de compras del mercado rodante, artefacto de 2 ruedas y de forma rectangular en el cual el proletariado lo llena de consumibles baratos comprados por bajo costo y baja calidad. Obviamente no íbamos solos, era una de esas pocas salidas que teníamos con libertad, en las cuales podíamos hacer lo que quisiéramos por que no teníamos el ojo asesino de algún adulto. Invitábamos regularmente a “Ramirín” y a su hermano tartamudo “Alejo” ( jejeje, excelente nombre para agregarle millones de insultos ¿verdad?), ellos eran (repito eran) nuestros mejores amigos, vecinos igual de jodidos que nosotros a los cuales no teníamos que presumir nada y mucho menos aparentar cosas, disfrutábamos de lo lindo usando mascaras de luchadores con nuestra ropa interior en la cabeza, nasty lo sé pero divertido.